Venezuela

Flor de Azalea by Andrea Salerno Jacome

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En los últimos años, cada vez que visitaba a mi papá, él cocinaba algo especial, algo que él creía –y bien que lo sabía- que me gustaría mucho, o algo que nunca antes hubiese probado. Si bien mi papá y yo no tuvimos grandes, profundas conversaciones, él intuía, sabía, adivinaba lo que mi paladar y oídos necesitaban en esos momentos en los que nos reencontrábamos. Así, entre Flor de Azalea, Caminito, Los ejes de mi carreta y La flor de la cayena, en una inmensa olla y a fuego medio  se cocían papas, ñame, ocumo, yuca y otras verduras junto a especias y carnes que resultaban en un untuoso hervido, famoso entre familiares, amigos y conocidos por ser una suerte de brebaje mágico capaz de espantar cualquier debilidad física o espiritual.

A veces, en su cocina también molía mazorcas de maíces amarillos, dulzones y perfumados para hacer las más ricas cachapas. Las más ricas, siempre pequeñas y esponjosas, dulces, sabrosas, rellenas de queso guayanés fresquísimo. Junto a este recuerdo de las cachapas en mi infancia, también hay otro: papá solía pasar horas “pelando” camarones, con una santa paciencia para luego pasar horas cocinando su famoso–famosísimo- Chupe de Camarones,  otro brebaje mágico hecho a partir de un larguísimo cocimiento de kilos y kilos de este crustáceo el cual apenas pude probar gracias a una insospechada  alergia, la cual no evitó, sin embargo, que me arriesgara una vez a meterle una cucharada a un plato y pudiera probar ese manjar de dioses… aunque fuese una sola vez.

Papá comunicaba sus afectos a través de las canciones que cantaba junto a su guitarra y también a través de la cocina. Esto lo comprendí siendo adulta, pues creí durante mi adolescencia en una convencionalidad de los afectos que ciertamente significa también una limitación de los mismos. Nada como un desayuno a las siete de la mañana  con arepas de maíz blanco de molinillo, sardinas fritas y café negro sin azúcar para decirle a tu hija, con contundencia, cuánto la amas. Y eso hacía mi papá, aunque no lo comprendiera en el primer momento.  O como cuando nos llevó a mi hermano Leo y a mí en una búsqueda por la arepa pelada más sabrosa y el queso e’ mano más fresco de todo el Oriente. Por lo cual manejó durante un par de horas hasta llegar a la puerta misma de la fábrica artesanal de queso fresco en Anaco, Edo. Anzoátegui y de allí a la casa de una señora que tenía un fogón en la vereda y hacía las arepas con un poco de la misma ceniza de los troncos ardientes donde cocinaba. Tengo un recuerdo vivo de ese día: lo veo  abrir el bote donde se apilaban los quesos, uno sobre otro y abrir con los dedos, en una perfecta mitad, esa arepa y rellenarla y dársela a mi hermano, diciéndole que era la mejor arepa y el mejor queso del mundo. Y tenía razón, lo eran, lo son.

Cuando nos vimos por última vez, hace apenas unos meses atrás, papá me dijo que Romelia cocinaba terriblemente, que no tenía sazón. Romelia, la señora que ha estado junto a mi papá y su esposa, Norexa, durante años, poniéndoles orden en la casa, sí, cocina terriblemente si lo comparo con la sazón de papá, pero es así como mi padre, aún ya en los últimos días de su vida, seguía dándole una importancia vital a la sabrosura en la comida, a la sazón, al alimento no sólo como un medio para mantener sano el cuerpo, sino también para mantener fuerte y alegre el espíritu.

 

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Viernes by Andrea Salerno Jacome

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Hace un par de años una de mis primas me saludaba por teléfono así (aún lo hace, ¡por suerte!): “Hola mi Andy!”. Semanas después leí un comentario en una red social donde alguien le decía a uno de mis hermanos “Gracias, mi Juan” y otro comentario en el muro de una amiga que decía “No te preocupes, mi Ale”… y así. Probablemente yo no me haya dado cuenta de esto hasta ese momento y desde entonces he notado un uso de la “posesión” como forma, ahora tan común en el lenguaje de mis amigos, primos, hermanos y conocidos que aún viven en Venezuela y tan natural, que es casi contagioso.

“Hola mi Andy, ayer estuvimos en casa de mis tíos. Me hubiese gustado que estuvieras. Me siento muy bien…”

Cuánta dulzura puede caber en una frase, cuánto respeto y camaradería puede instalarse entre palabras. Porque cuando ya te han quitado todo y han atropellado tus derechos fundamentales como persona, te das cuenta que nada ni nadie puede quitarte el amor. Ni siquiera ahogando al corazón, ni siquiera callando a la voz misma.

Entiendo esta forma de apropiarse del corazón del otro. Porque a mi familia, amigos y conocidos que aún viven en Venezuela, les han quitado todo, absolutamente todo menos una dulce y honda dignidad que, sospecho, todos desconocíamos hasta ahora y un real y consistente amor por el otro,  que estando cerca o estando lejos sigue siendo la representación de un amor fraternal, familiar, profundo, cálido y sincero. Ese otro que en el recuerdo o en el presente es la forma de un amor caribeño, sin reservas, con sabrosura y picardía, con historia y un montón de cosas y gente en común. Un amor de esos que dicen que dura toda la vida… sobre todo cuando desde el corazón se alimenta el recuerdo y viceversa.

A través de internet sigo los pasos de todos mis afectos venezolanos, tanto los que aún están como los que no, en el país. Día a día, año a año… incluso de gente que no conozco personalmente pero que tenemos al primo-del amigo-de la hermana-del tío segundo en común y eso es más que suficiente para abrir las puertas y que miren dentro. Porque no hay nada que esconder. Porque sólo van a encontrar nostalgia de ser en un lugar que ya no existe. Porque junto a la nostalgia van a encontrar esperanza por la construcción de un nuevo país en manos de nuevas generaciones más conscientes y honestas y junto a esa fe, el amor. El amor y la gratitud de saberme que “soy de alguien”. Porque cada vez que me dicen “Mi Andy”, por más que me suene un poco a línea de telenovela escrita por Padrón y made in Caracas, yo me siento un poco más allá, más cerca del amor de mi familia, más cerca de las montañas que tanto extraño, más cerca del verde voluptuoso de una Venezuela que nadie puede arrebatar de mi corazón. Ni el chavismo, ni el madurismo, ni Cabello, ni los círculos bolivarianos, ni los oportunista,s ni los tristes; ni siquiera el miedo a la bala o a la oscuridad. Nada puede borrar la Venezuela que sé que puede ser. La que será. La que está ahí, no más, esperando tranquilita a que llegue su momento para brillar… ¡Hola, Mi Venezuela! Yo sé que estás ahí.

Foto de película by Andrea Salerno Jacome

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La historia de esta foto es más o menos de película…

Estábamos en pleno rodaje de “La Virgen Negra”, era mi primer trabajo grande, bien pagado y profesional  como foto fija para cine y había llegado de la mano de mi tía Cocó, quien confió lo suficientemente en mí como para recomendarme e insistir en que me dieran una oportunidad.

Toda la película está estrechamente relacionada con la cocina, de manera casi inadvertida, pero estrechamente ligada. No me di cuenta sino mucho tiempo después. Como también me di cuenta que muchas de las fotos por fuera de lo que era mi trabajo de foto fija estaban también relacionados con esos momentos culinarios, con esas escenas cálidas, llenas de realismo mágico y sabor. Diego Rísquez fue el director de arte de la peli. E hizo un trabajo muy especial. Todo lleno de un color rojo intenso y de un verde voraz… colores muy presentes en cada cuadro.

Recuerdo claramente el momento de esta foto: La cámara colgaba de una especie de polea pues la escena sería rodada en un vaivén a lo largo y ancho de la cocina de la casona donde se filmaba. Tres mujeres y actrices maravillosas charlarían relajadamente mientras cocinaban pescados, tostones y otras maravillas típicas de la costa venezolana. Así que sólo habría espacio para el camarógrafo, el asistente de cámara y las tres actrices, nada más. Nada de fotos, no había lugar donde esconderse para tomar alguna. Tendría que esperar. Y así fue. Al final de la escena pude tomar alguna foto antes de que Jeska Lee Ruiz, Caridad Canelón y Melissa Hinojosa se fuesen… Y me quedé mirando un rato más, creo que impactada por el rojo de los ajíes. Y de allí salió esta foto. De esa necesidad de guardar un poco de tanto rojo, de tantos olores, de tanto sabor.

Toda la película la fotografié con una compacta… Era la primera cámara digital que tenía en mis manos y mi cabeza aún pensaba en carrete, en blanco y negro, en película, en revelado… en otros tiempos que no eran los adecuados para trabajar en una peli que se rodaría durante muchas semanas entre la costa venezolana y la capital.

Esto fue en el 2008 y aún sigo poniendo en práctica mucho de lo aprendido a lo largo de esas semanas.

A fuego lento, la alegría y la nostalgia by Andrea Salerno Jacome

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Cuando te conviertes en ave migratoria, intentas que tu equipaje sea lo más ligero posible, lo cual es una tarea un tanto difícil. Así que transformas una gran parte de tu equipaje en recuerdos, en memoria.

Allí se funden infancia, adolescencia y adultez. Familia, amigos, paisajes (internos y externos), hogares, lugares, amores, desamores, sabores, colores, texturas, olores, sonidos,  latidos del corazón en diferentes ritmos… La vida.

Muchos de esos recuerdos reviven a diario, otros vienen de visita cuando menos les esperas y aparecen junto al olor de las arepas hechas por la abuela. Las más ricas, las más sabrosas.

Mi abu aprendió una receta nueva. Mezcló ajíes dulces y calabacín rallado (zucchini) con la masa de harina de maíz blanco y un “puntico” de sal. Agua para amasar y toda su dulzura y su amor para darle forma a lo que finalmente alimentaría nuestros espíritus en el desayuno. A fuego lento se cocinan los manjares. A fuego lento, la memoria se conserva y se alimenta el amor. A fuego lento las arepas de la abu se fueron cocinando hasta convertirse en tostadas vituallas perfumadas a ají y calor. A amor. A su amor. Y a felicidad, ¡de la más profunda!

Cuando la nostalgia comienza a saludarme desde la distancia, recurro a la cocina como un antídoto contra las tristezas. Y cuando ya no soporto más la nostalgia de mi casa materna y de la casa de mi abu, en esta, mi nueva casa, se cocinan arepas. Amaso y amaso y recuerdo y recuerdo, y aunque “nostalgiosa” me alimento, con alegría y agradecimiento por lo heredado de las mujeres de mi familia, cocino.

No soy chef ni cocinera. La cocina se ha vuelto una forma de sobrevivir a las distancias. Y una forma más del amor, sin duda.

Del por qué hoy fotografío alimentos by Andrea Salerno Jacome

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Mis recuerdos de infancia también están compuestos de alguna manera por alimentos y/o el acto de comer: el olor de la cocina en la casa caraqueña de mis abuelos;  el sabor de la arepa recién hecha deshaciéndose entre mis dedos de seis años. El siempre cálido y reconfortante olor a café recién colado invadiendo los rincones de mi casa materna. El color rojo intenso de los caramelos de fresa, favoritos de mi abuela. El maíz tierno recién molido y convertido en pequeñas cachapas en el budare de la cocina de mi papá, endulzando todo con su olor. El olor a naiboa en los dedos de un muchachito cumanés. El sabor a naranja y miel fundiéndose en mi paladar mientras me fascinaba con historias que contaba mi mamá en un viaje entre Caripe y Cariaco. El olor a pesto de albahaca los domingos en lo de mi tía Olga. El sabor de la primera hallaca de navidad o el regusto dulzón del chupe de pollo y maíz…

A veces fantaseo con la idea de que no aprendí a comer por una cuestión de supervivencia sino por un profundo deseo de entender la maravilla que se contiene en cada bocado de cada plato puesto que me gusta comer y me gusta la gente a la que le gusta comer. Creo firmemente en la capacidad de sanación que tienen los alimentos, en cómo pueden recomponer  un corazón magullado hasta calmar un dolor de cabeza y mi historia personal ha sido atravesada siempre por la cocina. Tuve un restaurant cerquita del mar caribeño y aunque fue una catástrofe económica y emocionalmente hablando, hoy me doy cuenta que ese emprendimiento y todo cuanto preparé, probé, compartí y serví y la increíble colección de libros de recetas en la que invertí se trataban, simplemente, de intentos en una búsqueda estética, de un gusto que iba más allá del sabor en sí mismo: todo fue un ensayo para establecer una conexión con la comida desde mi corazón de artista. ¡Haberlo sabido antes! Pero definitivamente hay caminos que se deben transitar pues sin ese recorrido hay lugares que no conoceremos.

Creo en el alimento como medio de conexión con los otros. En Argentina comprendí el ritual de compartir el mate y la alegría familiar del asado (de verduras o de carne). En España entendí el universo contenido en una tapa de morrón y queso manchego compartido con cervezas entre queridos amigos o la magia resucitadora del gazpacho fresco después de una larguísima e intensa celebración en una noche del verano catalán. En una cocina gocha cociné acelgas por primera vez en mi vida y en otra, una improvisada bajo el techo de una carpa, en medio de una suerte de selva tropical, probé unos fantásticos tallarines con tomates asados y zanahoria.

Cocinamos para los otros como un acto de amor, para reconfortar, para curar y también somos alimentados por otros por las mismas razones. No es extraño que el camino de la fotografía se cruce con esta parte fundamental de nuestras vidas pues la fotografía, entre otras cosas, tiene ese poder, esa magia.

Que la fotografía es un acto de sacar aquello que yace dentro, se sabe. Que es una manera de no perder la memoria, también se sabe…  y para mí también es una manera de redescubrir lo cotidiano, lo de todos los días. El sabor de cada día.