Mérida

Viernes by Andrea Salerno Jacome

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Hace un par de años una de mis primas me saludaba por teléfono así (aún lo hace, ¡por suerte!): “Hola mi Andy!”. Semanas después leí un comentario en una red social donde alguien le decía a uno de mis hermanos “Gracias, mi Juan” y otro comentario en el muro de una amiga que decía “No te preocupes, mi Ale”… y así. Probablemente yo no me haya dado cuenta de esto hasta ese momento y desde entonces he notado un uso de la “posesión” como forma, ahora tan común en el lenguaje de mis amigos, primos, hermanos y conocidos que aún viven en Venezuela y tan natural, que es casi contagioso.

“Hola mi Andy, ayer estuvimos en casa de mis tíos. Me hubiese gustado que estuvieras. Me siento muy bien…”

Cuánta dulzura puede caber en una frase, cuánto respeto y camaradería puede instalarse entre palabras. Porque cuando ya te han quitado todo y han atropellado tus derechos fundamentales como persona, te das cuenta que nada ni nadie puede quitarte el amor. Ni siquiera ahogando al corazón, ni siquiera callando a la voz misma.

Entiendo esta forma de apropiarse del corazón del otro. Porque a mi familia, amigos y conocidos que aún viven en Venezuela, les han quitado todo, absolutamente todo menos una dulce y honda dignidad que, sospecho, todos desconocíamos hasta ahora y un real y consistente amor por el otro,  que estando cerca o estando lejos sigue siendo la representación de un amor fraternal, familiar, profundo, cálido y sincero. Ese otro que en el recuerdo o en el presente es la forma de un amor caribeño, sin reservas, con sabrosura y picardía, con historia y un montón de cosas y gente en común. Un amor de esos que dicen que dura toda la vida… sobre todo cuando desde el corazón se alimenta el recuerdo y viceversa.

A través de internet sigo los pasos de todos mis afectos venezolanos, tanto los que aún están como los que no, en el país. Día a día, año a año… incluso de gente que no conozco personalmente pero que tenemos al primo-del amigo-de la hermana-del tío segundo en común y eso es más que suficiente para abrir las puertas y que miren dentro. Porque no hay nada que esconder. Porque sólo van a encontrar nostalgia de ser en un lugar que ya no existe. Porque junto a la nostalgia van a encontrar esperanza por la construcción de un nuevo país en manos de nuevas generaciones más conscientes y honestas y junto a esa fe, el amor. El amor y la gratitud de saberme que “soy de alguien”. Porque cada vez que me dicen “Mi Andy”, por más que me suene un poco a línea de telenovela escrita por Padrón y made in Caracas, yo me siento un poco más allá, más cerca del amor de mi familia, más cerca de las montañas que tanto extraño, más cerca del verde voluptuoso de una Venezuela que nadie puede arrebatar de mi corazón. Ni el chavismo, ni el madurismo, ni Cabello, ni los círculos bolivarianos, ni los oportunista,s ni los tristes; ni siquiera el miedo a la bala o a la oscuridad. Nada puede borrar la Venezuela que sé que puede ser. La que será. La que está ahí, no más, esperando tranquilita a que llegue su momento para brillar… ¡Hola, Mi Venezuela! Yo sé que estás ahí.

A fuego lento, la alegría y la nostalgia by Andrea Salerno Jacome

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Cuando te conviertes en ave migratoria, intentas que tu equipaje sea lo más ligero posible, lo cual es una tarea un tanto difícil. Así que transformas una gran parte de tu equipaje en recuerdos, en memoria.

Allí se funden infancia, adolescencia y adultez. Familia, amigos, paisajes (internos y externos), hogares, lugares, amores, desamores, sabores, colores, texturas, olores, sonidos,  latidos del corazón en diferentes ritmos… La vida.

Muchos de esos recuerdos reviven a diario, otros vienen de visita cuando menos les esperas y aparecen junto al olor de las arepas hechas por la abuela. Las más ricas, las más sabrosas.

Mi abu aprendió una receta nueva. Mezcló ajíes dulces y calabacín rallado (zucchini) con la masa de harina de maíz blanco y un “puntico” de sal. Agua para amasar y toda su dulzura y su amor para darle forma a lo que finalmente alimentaría nuestros espíritus en el desayuno. A fuego lento se cocinan los manjares. A fuego lento, la memoria se conserva y se alimenta el amor. A fuego lento las arepas de la abu se fueron cocinando hasta convertirse en tostadas vituallas perfumadas a ají y calor. A amor. A su amor. Y a felicidad, ¡de la más profunda!

Cuando la nostalgia comienza a saludarme desde la distancia, recurro a la cocina como un antídoto contra las tristezas. Y cuando ya no soporto más la nostalgia de mi casa materna y de la casa de mi abu, en esta, mi nueva casa, se cocinan arepas. Amaso y amaso y recuerdo y recuerdo, y aunque “nostalgiosa” me alimento, con alegría y agradecimiento por lo heredado de las mujeres de mi familia, cocino.

No soy chef ni cocinera. La cocina se ha vuelto una forma de sobrevivir a las distancias. Y una forma más del amor, sin duda.