Fotografía

A fuego lento, la alegría y la nostalgia by Andrea Salerno Jacome

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Cuando te conviertes en ave migratoria, intentas que tu equipaje sea lo más ligero posible, lo cual es una tarea un tanto difícil. Así que transformas una gran parte de tu equipaje en recuerdos, en memoria.

Allí se funden infancia, adolescencia y adultez. Familia, amigos, paisajes (internos y externos), hogares, lugares, amores, desamores, sabores, colores, texturas, olores, sonidos,  latidos del corazón en diferentes ritmos… La vida.

Muchos de esos recuerdos reviven a diario, otros vienen de visita cuando menos les esperas y aparecen junto al olor de las arepas hechas por la abuela. Las más ricas, las más sabrosas.

Mi abu aprendió una receta nueva. Mezcló ajíes dulces y calabacín rallado (zucchini) con la masa de harina de maíz blanco y un “puntico” de sal. Agua para amasar y toda su dulzura y su amor para darle forma a lo que finalmente alimentaría nuestros espíritus en el desayuno. A fuego lento se cocinan los manjares. A fuego lento, la memoria se conserva y se alimenta el amor. A fuego lento las arepas de la abu se fueron cocinando hasta convertirse en tostadas vituallas perfumadas a ají y calor. A amor. A su amor. Y a felicidad, ¡de la más profunda!

Cuando la nostalgia comienza a saludarme desde la distancia, recurro a la cocina como un antídoto contra las tristezas. Y cuando ya no soporto más la nostalgia de mi casa materna y de la casa de mi abu, en esta, mi nueva casa, se cocinan arepas. Amaso y amaso y recuerdo y recuerdo, y aunque “nostalgiosa” me alimento, con alegría y agradecimiento por lo heredado de las mujeres de mi familia, cocino.

No soy chef ni cocinera. La cocina se ha vuelto una forma de sobrevivir a las distancias. Y una forma más del amor, sin duda.

El sabor de una foto by Andrea Salerno Jacome

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Buscando entre carpetas casi olvidadas, suelo encontrar ciertos tesoros. Como esta foto, la cual forma parte del que fue el primer portfolio fotográfico de mi vida, uno que presenté como parte del examen de ingreso a la escuela donde estudié fotografía en Barcelona.
Si cierro los ojos, puedo ver claramente el momento en el que tomé esta foto… Esa mañana había recorrido el Mercat de La Boquería pues tendría una cena con unas amigas en casa. El color intenso de las cerezas y el perfume de los duraznos me atraparon apenas llegué a los puestos de las frutas. Después de recorrer por puro gusto el mercado durante una hora volví a casa con una bolsa llena de jugosos colores. Casi sin darme cuenta acomodé un durazno y un montoncito de cerezas en esa tabla tomé la cámara y fotografié.

Una sola foto.

 Aún recuerdo el sabor de la cereza llenándolo todo.

Es una foto querida, guardada en la memoria junto al sabor de un tiempo atesorado con alegría.

Del por qué hoy fotografío alimentos by Andrea Salerno Jacome

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Mis recuerdos de infancia también están compuestos de alguna manera por alimentos y/o el acto de comer: el olor de la cocina en la casa caraqueña de mis abuelos;  el sabor de la arepa recién hecha deshaciéndose entre mis dedos de seis años. El siempre cálido y reconfortante olor a café recién colado invadiendo los rincones de mi casa materna. El color rojo intenso de los caramelos de fresa, favoritos de mi abuela. El maíz tierno recién molido y convertido en pequeñas cachapas en el budare de la cocina de mi papá, endulzando todo con su olor. El olor a naiboa en los dedos de un muchachito cumanés. El sabor a naranja y miel fundiéndose en mi paladar mientras me fascinaba con historias que contaba mi mamá en un viaje entre Caripe y Cariaco. El olor a pesto de albahaca los domingos en lo de mi tía Olga. El sabor de la primera hallaca de navidad o el regusto dulzón del chupe de pollo y maíz…

A veces fantaseo con la idea de que no aprendí a comer por una cuestión de supervivencia sino por un profundo deseo de entender la maravilla que se contiene en cada bocado de cada plato puesto que me gusta comer y me gusta la gente a la que le gusta comer. Creo firmemente en la capacidad de sanación que tienen los alimentos, en cómo pueden recomponer  un corazón magullado hasta calmar un dolor de cabeza y mi historia personal ha sido atravesada siempre por la cocina. Tuve un restaurant cerquita del mar caribeño y aunque fue una catástrofe económica y emocionalmente hablando, hoy me doy cuenta que ese emprendimiento y todo cuanto preparé, probé, compartí y serví y la increíble colección de libros de recetas en la que invertí se trataban, simplemente, de intentos en una búsqueda estética, de un gusto que iba más allá del sabor en sí mismo: todo fue un ensayo para establecer una conexión con la comida desde mi corazón de artista. ¡Haberlo sabido antes! Pero definitivamente hay caminos que se deben transitar pues sin ese recorrido hay lugares que no conoceremos.

Creo en el alimento como medio de conexión con los otros. En Argentina comprendí el ritual de compartir el mate y la alegría familiar del asado (de verduras o de carne). En España entendí el universo contenido en una tapa de morrón y queso manchego compartido con cervezas entre queridos amigos o la magia resucitadora del gazpacho fresco después de una larguísima e intensa celebración en una noche del verano catalán. En una cocina gocha cociné acelgas por primera vez en mi vida y en otra, una improvisada bajo el techo de una carpa, en medio de una suerte de selva tropical, probé unos fantásticos tallarines con tomates asados y zanahoria.

Cocinamos para los otros como un acto de amor, para reconfortar, para curar y también somos alimentados por otros por las mismas razones. No es extraño que el camino de la fotografía se cruce con esta parte fundamental de nuestras vidas pues la fotografía, entre otras cosas, tiene ese poder, esa magia.

Que la fotografía es un acto de sacar aquello que yace dentro, se sabe. Que es una manera de no perder la memoria, también se sabe…  y para mí también es una manera de redescubrir lo cotidiano, lo de todos los días. El sabor de cada día.