Flor de Azalea

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En los últimos años, cada vez que visitaba a mi papá, él cocinaba algo especial, algo que él creía –y bien que lo sabía- que me gustaría mucho, o algo que nunca antes hubiese probado. Si bien mi papá y yo no tuvimos grandes, profundas conversaciones, él intuía, sabía, adivinaba lo que mi paladar y oídos necesitaban en esos momentos en los que nos reencontrábamos. Así, entre Flor de Azalea, Caminito, Los ejes de mi carreta y La flor de la cayena, en una inmensa olla y a fuego medio  se cocían papas, ñame, ocumo, yuca y otras verduras junto a especias y carnes que resultaban en un untuoso hervido, famoso entre familiares, amigos y conocidos por ser una suerte de brebaje mágico capaz de espantar cualquier debilidad física o espiritual.

A veces, en su cocina también molía mazorcas de maíces amarillos, dulzones y perfumados para hacer las más ricas cachapas. Las más ricas, siempre pequeñas y esponjosas, dulces, sabrosas, rellenas de queso guayanés fresquísimo. Junto a este recuerdo de las cachapas en mi infancia, también hay otro: papá solía pasar horas “pelando” camarones, con una santa paciencia para luego pasar horas cocinando su famoso–famosísimo- Chupe de Camarones,  otro brebaje mágico hecho a partir de un larguísimo cocimiento de kilos y kilos de este crustáceo el cual apenas pude probar gracias a una insospechada  alergia, la cual no evitó, sin embargo, que me arriesgara una vez a meterle una cucharada a un plato y pudiera probar ese manjar de dioses… aunque fuese una sola vez.

Papá comunicaba sus afectos a través de las canciones que cantaba junto a su guitarra y también a través de la cocina. Esto lo comprendí siendo adulta, pues creí durante mi adolescencia en una convencionalidad de los afectos que ciertamente significa también una limitación de los mismos. Nada como un desayuno a las siete de la mañana  con arepas de maíz blanco de molinillo, sardinas fritas y café negro sin azúcar para decirle a tu hija, con contundencia, cuánto la amas. Y eso hacía mi papá, aunque no lo comprendiera en el primer momento.  O como cuando nos llevó a mi hermano Leo y a mí en una búsqueda por la arepa pelada más sabrosa y el queso e’ mano más fresco de todo el Oriente. Por lo cual manejó durante un par de horas hasta llegar a la puerta misma de la fábrica artesanal de queso fresco en Anaco, Edo. Anzoátegui y de allí a la casa de una señora que tenía un fogón en la vereda y hacía las arepas con un poco de la misma ceniza de los troncos ardientes donde cocinaba. Tengo un recuerdo vivo de ese día: lo veo  abrir el bote donde se apilaban los quesos, uno sobre otro y abrir con los dedos, en una perfecta mitad, esa arepa y rellenarla y dársela a mi hermano, diciéndole que era la mejor arepa y el mejor queso del mundo. Y tenía razón, lo eran, lo son.

Cuando nos vimos por última vez, hace apenas unos meses atrás, papá me dijo que Romelia cocinaba terriblemente, que no tenía sazón. Romelia, la señora que ha estado junto a mi papá y su esposa, Norexa, durante años, poniéndoles orden en la casa, sí, cocina terriblemente si lo comparo con la sazón de papá, pero es así como mi padre, aún ya en los últimos días de su vida, seguía dándole una importancia vital a la sabrosura en la comida, a la sazón, al alimento no sólo como un medio para mantener sano el cuerpo, sino también para mantener fuerte y alegre el espíritu.