A fuego lento, la alegría y la nostalgia

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Cuando te conviertes en ave migratoria, intentas que tu equipaje sea lo más ligero posible, lo cual es una tarea un tanto difícil. Así que transformas una gran parte de tu equipaje en recuerdos, en memoria.

Allí se funden infancia, adolescencia y adultez. Familia, amigos, paisajes (internos y externos), hogares, lugares, amores, desamores, sabores, colores, texturas, olores, sonidos,  latidos del corazón en diferentes ritmos… La vida.

Muchos de esos recuerdos reviven a diario, otros vienen de visita cuando menos les esperas y aparecen junto al olor de las arepas hechas por la abuela. Las más ricas, las más sabrosas.

Mi abu aprendió una receta nueva. Mezcló ajíes dulces y calabacín rallado (zucchini) con la masa de harina de maíz blanco y un “puntico” de sal. Agua para amasar y toda su dulzura y su amor para darle forma a lo que finalmente alimentaría nuestros espíritus en el desayuno. A fuego lento se cocinan los manjares. A fuego lento, la memoria se conserva y se alimenta el amor. A fuego lento las arepas de la abu se fueron cocinando hasta convertirse en tostadas vituallas perfumadas a ají y calor. A amor. A su amor. Y a felicidad, ¡de la más profunda!

Cuando la nostalgia comienza a saludarme desde la distancia, recurro a la cocina como un antídoto contra las tristezas. Y cuando ya no soporto más la nostalgia de mi casa materna y de la casa de mi abu, en esta, mi nueva casa, se cocinan arepas. Amaso y amaso y recuerdo y recuerdo, y aunque “nostalgiosa” me alimento, con alegría y agradecimiento por lo heredado de las mujeres de mi familia, cocino.

No soy chef ni cocinera. La cocina se ha vuelto una forma de sobrevivir a las distancias. Y una forma más del amor, sin duda.