Del por qué hoy fotografío alimentos

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Mis recuerdos de infancia también están compuestos de alguna manera por alimentos y/o el acto de comer: el olor de la cocina en la casa caraqueña de mis abuelos;  el sabor de la arepa recién hecha deshaciéndose entre mis dedos de seis años. El siempre cálido y reconfortante olor a café recién colado invadiendo los rincones de mi casa materna. El color rojo intenso de los caramelos de fresa, favoritos de mi abuela. El maíz tierno recién molido y convertido en pequeñas cachapas en el budare de la cocina de mi papá, endulzando todo con su olor. El olor a naiboa en los dedos de un muchachito cumanés. El sabor a naranja y miel fundiéndose en mi paladar mientras me fascinaba con historias que contaba mi mamá en un viaje entre Caripe y Cariaco. El olor a pesto de albahaca los domingos en lo de mi tía Olga. El sabor de la primera hallaca de navidad o el regusto dulzón del chupe de pollo y maíz…

A veces fantaseo con la idea de que no aprendí a comer por una cuestión de supervivencia sino por un profundo deseo de entender la maravilla que se contiene en cada bocado de cada plato puesto que me gusta comer y me gusta la gente a la que le gusta comer. Creo firmemente en la capacidad de sanación que tienen los alimentos, en cómo pueden recomponer  un corazón magullado hasta calmar un dolor de cabeza y mi historia personal ha sido atravesada siempre por la cocina. Tuve un restaurant cerquita del mar caribeño y aunque fue una catástrofe económica y emocionalmente hablando, hoy me doy cuenta que ese emprendimiento y todo cuanto preparé, probé, compartí y serví y la increíble colección de libros de recetas en la que invertí se trataban, simplemente, de intentos en una búsqueda estética, de un gusto que iba más allá del sabor en sí mismo: todo fue un ensayo para establecer una conexión con la comida desde mi corazón de artista. ¡Haberlo sabido antes! Pero definitivamente hay caminos que se deben transitar pues sin ese recorrido hay lugares que no conoceremos.

Creo en el alimento como medio de conexión con los otros. En Argentina comprendí el ritual de compartir el mate y la alegría familiar del asado (de verduras o de carne). En España entendí el universo contenido en una tapa de morrón y queso manchego compartido con cervezas entre queridos amigos o la magia resucitadora del gazpacho fresco después de una larguísima e intensa celebración en una noche del verano catalán. En una cocina gocha cociné acelgas por primera vez en mi vida y en otra, una improvisada bajo el techo de una carpa, en medio de una suerte de selva tropical, probé unos fantásticos tallarines con tomates asados y zanahoria.

Cocinamos para los otros como un acto de amor, para reconfortar, para curar y también somos alimentados por otros por las mismas razones. No es extraño que el camino de la fotografía se cruce con esta parte fundamental de nuestras vidas pues la fotografía, entre otras cosas, tiene ese poder, esa magia.

Que la fotografía es un acto de sacar aquello que yace dentro, se sabe. Que es una manera de no perder la memoria, también se sabe…  y para mí también es una manera de redescubrir lo cotidiano, lo de todos los días. El sabor de cada día.